AL OTRO ÁNGULO

AÚN NO, LIO

 

Desde este lado del gran charco, con las referencias únicas de lo que ve uno en la televisión y lee en la gran red, desde esta humilde trinchera, y con la desventaja de jugar de local en tierras donde actualmente la ignominia futbolera reina, me atrevo, Lionel, a escribir de usted.

 

Y es que un penalti lo devolvió a la tierra, ésta que pisamos el resto de los mortales. Ahí, desde los once pasos, se forjan mitos y se desvanecen leyendas.

 

Lionel es humano, señores, y peor aún, le falta mucho para ser el mejor de la historia. Quedó claro ayer cuando desde el manchón de penalti no pudo definir lo que para alguien como él no es sólo un gol de rutina, sino una obligación.

 

No hay nada que reprocharle, dicen sus admiradores, esos que pasan del fanatismo irracional a la herejía para algunos ofendidos al llamarlo D10S.

 

Y sí, en cierta forma poco habría que reprocharle porque a todos nos ha deleitado con pasajes inolvidables de un futbol que se niega a morir a pesar de aquellos que sólo piensan en el fin para justificar sus miedos y sus medios.

 

Pero no, Lionel, todavía no es tiempo de erigirlo como el mejor de la historia. Todavía está a la sombra de su compatriota, ése que en su país le llaman "el Diego".

 

Ése que tenía su misma habilidad, los mismos reflectores encima y que fue capaz, él solo, de ganar una Copa del Mundo para su país.

 

Ése que se debe avergonzar de no haber sabido llevar una vida ejemplar de deportista como la que usted, Lionel, ha tenido, en un mundo lleno de tentaciones y a las que Diego sí sucumbió.

 

Pero en la cancha, Lionel, todavía hay cosas que aprenderle al Diego. La más importante: Su capacidad para encabezar un equipo, infinitamente inferior que la Argentina con la que usted ha alineado, y por supuesto, el Barcelona que a todos nos ha maravillado.

 

Diego sacó del anonimato a un tal Nápoli y lo llevó a tocar el cielo en Italia y ser reconocido en Europa. Sin el presupuesto para armar un plantel que lo llevara a pelear con los grandes en lo que hoy es la Champions League, el Nápoli se las arregló para ganar lo que hoy es la Liga de Europa.

 

Pero ése no es el terreno donde Diego le aventaja, Lio, porque usted con la blaugrana ya ganó todo. Es con la albiceleste donde aún tiene una deuda grande con su pueblo, porque sus fanáticos no consiguen entender que el mejor del planeta debe levantar la Copa del Mundo, más cuando se tiene la nacionalidad argentina, y más cuando se tiene compañeros del calibre como los que usted tiene con su selección.

 

Diego, con un grupo de picapiedras, un socio (Burruchaga) y un delantero matón (Valdano), levantó esa copa y enloqueció a su país. Tocó tres balones en aquella final con los alemanes, sí, esos mismos que tienen el manual para anularlo, Lio. Y Diego, en la última pelota que tomó puso el pase del gol del campeonato.

 

Lio, el Diego jamás se nubló en el manchón de penalti, y menos en una noche tan importante. Los caudillos no revientan con la presión.

 

Bendito Dios – el de deveras-, Lio, que apenas tiene 24 años. Que seguirá deleitándonos con su magia en lo que templa los nervios y vuelve por lo que le pertenece y que hoy, aún es del Diego.

 

Tiempo de compensación: Insisto con lo mismo, ojalá que se apruebe el castigo para los mezquinos y que los 0-0 no repartan nada a sus protagonistas...

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